Un poco de historia del acero

¡Bienvenidos sean todos los lectores del blog de Soliacero! El ser humano siempre se ha abocado a aprovechar los recursos naturales para obtener de ellos el mayor beneficio posible, y la explotación de los metales no ha sido la excepción. Hoy en día basta levantar un poco la cara para observar las múltiples estructuras que se forman por uno de los metales que más se utiliza desde la Revolución industrial, o mejor dicho, una aleación de metal, que se forma por una mezcla de hierro y carbono en distintos grados.

Estamos hablando del acero, presente en muchas de las estructuras y cubiertas de imponentes edificios, no sólo en la ciudad sino también en el campo. Centros comerciales, fábricas y edificios de oficinas poseen resistentes cubiertas y muros de acero, así como tenaces estructuras conformadas por vigas de este material, entre las que destaca la viga IPR (de perfil rectangular por sus siglas en español). Sin embargo, para que dicha aleación pudiera comenzar a usarse masivamente para la construcción tuvieron que pasar unos cuantos siglos, y en la publicación de hoy recorreremos un poco de esa interesante historia.

Comenzamos este recorrido con una aseveración fundamental para entender la importancia de esta aleación de metal: hoy en día los aceros son los metales más producidos en el mundo, pero como ya dijimos hay una larga historia detrás de este indiscutible logro para la industria del acero. Aunque el hierro se aprovechó desde tiempos inmemoriales, hasta antes del año de 1200 de  nuestra era, este metal en su versión forjada se usaba para fabricar todo tipo de armas y herramientas. Las primeras evidencias del uso de una aleación dúctil, dura y resistente de hierro con carbono data del siglo XIII.

Vale la pena abrir aquí un paréntesis para hablar de la leyenda de los aceros de Damasco, que cuenta que el rey Ricardo Corazón de León y Saladino enfrentaron sus espadas en el marco de las Cruzadas cristianas, durante aquel décimo tercer siglo.

Y aunque la espada de hierro del rey de Inglaterra era una de las más poderosas por su dureza; la de Saladino, elaborada con los aceros de Damasco, causó gran conmoción entre sus enemigos por combinar la dureza con la tenacidad, es decir la propiedad para absorber grandes impactos de energía, que a la vez se traduce en ductilidad. El secreto, claro, era el carbono, pero aquella aleación era hasta entonces desconocida en Europa.

Hubo entre los europeos numerosos intentos para reproducir dichas condiciones en sus hierros forjados. En el camino se conoció el arrabio, un metal que resultaba de fundir por primera vez el hierro y que ya contenía carbono, pero en altas cantidades, por lo que era muy frágil.

Así, dependiendo del contenido de carbono, en algunas ocasiones se logró producir acero y en otras no, pero no había consciencia de cuáles habían sido las causas del éxito o del fracaso, y por esta razón la producción del acero no logró afianzarse ni tomar un rumbo definitivo sino hasta que a principios del siglo XIX se descubrió que el acero y el arrabio eran distintos precisamente por los índices de carbono contenidos, ya que éstos debían oscilar entre el 0.5% y el 1.7% en el caso del acero.

El descubrimiento anterior coincidió plenamente con el mayor auge de la Revolución industrial europea, y ese fue el comienzo para producir estructuras como las vigas de acero que hoy llegan a nosotros en sus diferentes versiones: viga IPS (perfil estándar) y viga IPR (perfil rectangular).

Pero la historia apenas comenzaba, porque aunque la coincidencia de estos dos acontecimientos permitió fabricar componentes para las estructuras de máquinas, edificios y puentes, tal fabricación resultaba bastante cara. De hecho, grandes construcciones, como la torre Eiffel, terminada en 1899, fueron erigidas a partir de hierro forjado sin importar que el acero hubiera resultado más adecuado.

Como siempre ha ocurrido en la historia de la ciencia, para que se lograra la producción masiva del acero tuvieron que aparecer grandes mentes en acción. Los nombres del inglés Henry Bessemer, de los hermanos Siemens, de nacionalidad alemana, y de los hermanos franceses de apellido Martin han quedado grabadas con letras de oro —o mejor, de acero en la historia de este material, ya que lograron desarrollar procedimientos y altos hornos para transformar el arrabio en acero, y así lograron aumentar exponencialmente la producción.

Hoy en día es el turno de nuestra sociedad para disfrutar de los frutos que dejaron siglos y siglos de investigaciones y experimentos que desembocaron en la producción masiva del acero. Gracias a eso, y a que los avances tecnológicos han continuado desde entonces, hoy en día se puede ofrecer una amplia gama de productos conformados por esta aleación para aprovechar sus beneficios en todo tipo de construcciones.

Comprometidos con la seguridad en la construcción, empresas como Soliacero distribuyen componentes de la mejor calidad, desde muros y cubiertas de acero, hasta la viga IPR, que ofrece grandes ventajas al ser utilizada como soporte en todo tipo de construcciones. Como aquellas espadas de Damasco en su momento, este tipo de viga se erige hoy como uno de los más avanzados logros en la evolución del acero.

De gran resistencia y durabilidad características que se combinan con la uniformidad, la tenacidad y la ductilidad estas vigas de acero se presentan en variados pesos y tamaños, lo que las convierte en material apto para todo tipo de proyectos. Invitamos a todos a revisar el catálogo de Soliacero y a contactar a nuestros técnicos especialistas para que sepan qué tipo de viga IPR se adecua más a sus necesidades. ¡Hasta la próxima!

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